martes, 2 de agosto de 2011

Carta Apostólica «Sacrosancta Portiunculae ecclesia»


S. S. Pablo VI
Carta Apostólica «Sacrosancta Portiunculae ecclesia»
con ocasión del 750º aniversario de la concesión de la

INDULGENCIA DE LA PORCIÚNCULA (14-VII-1966)

La sacrosanta iglesia de la Porciúncula, que el bienaventurado Francisco de Asís «amó con preferencia a todos los demás lugares del mundo» (LM 2,8), adquirió con el tiempo fama en todo el mundo católico, por el hecho de que allí el seráfico Padre dijo y obró muchas cosas maravillosas, y de un modo especial por el hecho de que fue enriquecida por una singular indulgencia, llamada por eso «Indulgencia de la Porciúncula», que desde hace muchos siglos obtienen quienes visitan piadosamente aquella iglesia.

En estos días en que se celebra el 750º aniversario de la aprobación de aquella indulgencia por parte de Honorio III, la cual, como se cree, fue concedida al mismo San Francisco y que diversos predecesores nuestros confirmaron a lo largo de los siglos, nos es grato dirigirnos a los fieles que, según el uso y costumbre de cuantos nos han precedido, se dirigen a la Porciúncula, resplandeciente por ilustre antigüedad, para reconciliarse de una manera más plena y solícita con el mismo Dios allí donde «aquel que ore con corazón devoto obtendrá lo que pida» (1 Cel 106).

Queremos repetir las palabras que pronunciamos hace poco tiempo atrás, movidos por la solicitud pastoral: «Al reino de Cristo se puede llegar solamente por la metánoia, es decir, por esa íntima y total transformación y renovación de todo el hombre -de todo su sentir, juzgar y disponer- que se lleva a cabo en él a la luz de la santidad y caridad de Dios, santidad y caridad que, en el Hijo, se nos han manifestado y comunicado con plenitud» (Const. apostólica, Paenitemini).

A los mismos fieles que, impulsados por la penitencia, son llevados a alcanzar esta metánoia, por cuyo motivo, después del pecado, ha sido herida aquella santidad con la que fueron revestidos al principio en Cristo en el bautismo, sale al encuentro la Iglesia, que sostiene a los hijos enfermos y débiles con un amor y un socorro semejantes al materno, incluso otorgando las indulgencias.

Pero la indulgencia no es un camino más fácil, mediante el cual podemos evitar la necesaria penitencia de los pecados, sino más bien es un sostén que cada fiel, humildemente consciente de su enfermedad, encuentra en el Cuerpo místico de Cristo, que de una manera concreta «colabora a su conversión con la caridad, el ejemplo y las oraciones» (Const. Lumen Gentium, c. 2, n. 11).

Un ejemplo excelso de semejante penitente y de un alma consciente de la humana enfermedad fue para nosotros el mismo San Francisco, en el cual admiramos tan bien expresado «el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad» (Ef 4,24). En efecto, él no sólo ofrece un ejemplo validísimo de aquella conversión a Dios y de una vida auténticamente penitente, sino que ordena en su Regla exhortar a los hombres para que «perseveremos en la verdadera fe y penitencia, porque de otro modo nadie se puede salvar» (Rnb 23); así en el comentario al Padre Nuestro, implora de esta manera al Padre que está en los cielos: «Y perdónanos nuestras deudas: por tu inefable misericordia, por la virtud de la pasión de tu amado Hijo y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen y de todos tus elegidos» (ParPN 7).

Con mucha razón se puede creer que esta exhortación de San Francisco así como aquel admirable amor, por el cual fue movido a pedir la indulgencia de la Porciúncula para todos los fieles, haya nacido del deseo de participar a los demás la dulzura de ánimo que él mismo había experimentado después de haber implorado de Dios el perdón de las culpas cometidas. Lo que con dulcísimas palabras narra el principal escritor de la vida de este Hombre seráfico, Tomás de Celano: «En cierta ocasión, admirando la misericordia del Señor en tantos beneficios como le había concedido y deseando que Dios le mostrase cómo habían de proceder en su vida él y los suyos, se retiró a un lugar de oración, según lo hacía muchísimas veces. Como permaneciese allí largo tiempo con temor y temblor ante el Señor de toda la tierra, reflexionado con amargura de alma sobre los años malgastados y repitiendo muchas veces aquellas palabras: "¡Oh Dios, sé propicio a mí, pecador!", comenzó a derramarse poco a poco en lo íntimo de su corazón una indecible alegría e inmensa dulcedumbre. Comenzó también a sentirse fuera de sí; contenidos los sentimientos y ahuyentadas las tinieblas que se habían ido fijando en su corazón por temor al pecado, le fue infundida la certeza del perdón de todos los pecados y se le dio la confianza de que estaba en gracia» (1 Cel 26).

El primer fruto de la penitencia, en efecto, es la conciencia de nuestros pecados: «Si quieres que Dios los ignore, sé tú quien los reconozca. Tu pecado te tenga a ti como juez, no como defensor» (S. Agustín, Sermón 20,2; PL 38, 139).

Transformándonos, pues, en acusadores de nosotros mismos ante la Iglesia, a la que Jesús entregó las llaves del reino de los cielos (cf. Mt 16,19), recibimos la remisión de la culpa y de la pena; sin embargo, no se debe relajar el camino por el que volvemos a Dios. Debemos cargar sobre nosotros el yugo de Cristo y debemos llevar su cruz y desearla mediante una voluntaria expiación; es necesario que demostremos con las buenas obras y, en particular, con los frutos del amor fraterno que nos encaminamos sinceramente hacia la casa del Padre y que estamos insertos más sólidamente y con una nueva razón en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia.

El fiel penitente que cumple así la renovación del espíritu, como hemos dicho más arriba, no actúa solo; en efecto «quien es redimido del pecado y mondado en el espíritu en fuerza de las oraciones y del llanto de todos, consigue la purificación mediante las obras de todo el pueblo y es lavado por las lágrimas del mismo. Cristo, en efecto, ha concedido a su Iglesia que todos fueran salvados por obra de uno solo» (S. Ambrosio, De poenitentia, 1.15,80; PL 16,469).

La indulgencia que la Iglesia ofrece a los penitentes es manifestación de aquella admirable comunión de los Santos, que por el único vínculo del amor de Cristo une estrechamente de una manera mística a la beatísima Virgen María, a los fieles triunfantes en el cielo, a los que están en el Purgatorio y a los que peregrinan en la tierra. La indulgencia, pues, que se concede por el poder de la Iglesia, disminuye e incluso borra totalmente la pena por la que el hombre de alguna manera está imposibilitado de alcanzar de una manera más estrecha la unión con Dios; por este motivo el fiel penitente en persona encuentra ayuda en esta singular forma de amor eclesial, para dejar el hombre viejo y revestirse de aquel nuevo «que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador» (Col 3,10).

Mientras reflexionamos sobre estas cosas, deseamos que el 750º aniversario de la institución de esta indulgencia sea celebrado de manera que verdaderamente la Porciúncula sea aquel lugar santo donde se consigue el perdón total y se hace estable la paz con Dios.

Sabemos bien que a lo largo de los siglos una inmensa multitud de peregrinos se ha dirigido incesantemente a la iglesia de la Porciúncula. Ellos se arriesgaban a emprender viajes largos y fatigosos para que, como en un abrazo de la Reina de los Ángeles, a la que la iglesia y basílica de la Porciúncula está dedicada, sus espíritus pudiesen gozar de la quietud luego que le fueran perdonados sus pecados y para ellos se renovase el don de la gracia divina. Al mismo tiempo sabemos bien que también hoy, y sobre todo con ocasión del aniversario de la solemne dedicación de esta capilla, en que la indulgencia de la Porciúncula se puede ganar en todas las iglesias de la Orden Franciscana, muchos peregrinos llegan a la Porciúncula, para nada movidos por la curiosidad o por el entretenimiento, sino solo para implorar el perdón de los pecados, de modo de poder gozar en el futuro de la familiaridad del Padre celestial. Estos, habiendo llegado como peregrinos, indican de alguna manera que la vida del hombre es una gran peregrinación que por un largo y arduo sendero nos conduce hasta Dios.

Es preciso pues, desear que las peregrinaciones individuales y en grupo que en nuestros días, a causa del gran aumento de los medios de transporte, se hacen más numerosas, no pierdan el espíritu de la piedad y de la penitencia, sino que sean como una auténtica pasión por la religión.

Quiera Dios que la peregrinación, transmitida durante siglos, a la iglesia de la Porciúncula, que Nuestro mismo Predecesor Juan XXIII emprendió con ánimo piadoso, no termine sino que más bien crezca continuamente la multitud de los fieles que acuden aquí al encuentro con Cristo rico en misericordia y con su Madre, que intercede siempre ante él.

Mientras deseamos de corazón que estas cosas puedan realizarse, a ti, hijo dilecto [C. Koser, Vicario general de la OFM], a toda la Familia Franciscana y a todos aquellos que se reunirán en el santuario de la Porciúncula para festejar solemnemente la memoria de este aniversario, impartimos con mucho gusto en el Señor la bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 14 de julio de 1966, cuarto año de nuestro pontificado.

[Acta OFM V (1966) 317-320; Enchiridion de la Orden de Hermanos Menores, I, 30-34]

Fuente: http://www.franciscanos.org

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