domingo, 15 de marzo de 2015

TOTAL DESASIMIENTO - EN LA PORCIÚNCULA (Parte 3 de 8)

Salió de la cueva corrido de su cobardía y entró en la ciudad. La gente, al verlo tan desfigurado y mal vestido, se iba tras él tratándolo de loco. De esto cobró su padre mayor saña y, llevándolo a su casa, lo maltrató de palabra y obra. Luego, para desheredar a su hijo, entabló diligencias cuyo desenlace ocurrió en la primavera del año 1207 y constituyó un drama bellísimo de la historia cristiana. Padre e hijo comparecieron ante el Obispo de Asís, llamado Guido, el cual hizo que Francisco renunciase a la herencia paterna. No fue menester esperar mucho tiempo la respuesta del Santo. Al punto se desnudó de los vestidos, como llevado de divina inspiración, y los arrojó en montón a los pies de su padre con el dinero que le quedaba, diciendo:

-“Hasta aquí te llamé padre en la tierra; de aquí adelante diré con verdad: “Padre nuestro que estás en los cielos”.

Francisco entregando su ropa a su padre.

A poco de esta escena admirable, salió Francisco a la calle. Vestía túnica como de ermitaño atada con cinturón de cuero y calzaba sandalias. Iba cantando bellas tonadas para atraer al público, y luego pedía piedras para restaurar la iglesia de San Damián. Cuando hubo reparado esta iglesia, el piadoso constructor restauró otras dos: la antigua iglesia benedictina de San Pedro y la capillita de Santa María de los Ángeles o de la Porciúncula. En este santuario recibió clara luz sobre su verdadera vocación. Era el día 24 de febrero, fiesta de San Matías. Francisco asistió a Misa y oyó el Evangelio del día, que aconseja la práctica de la más rigurosa pobreza. Sin dilación quiso el joven ermitaño de la Porciúncula llevar a la práctica los consejos evangélicos: arrojó lejos de sí las sandalias, el báculo y el cinturón de cuero que trocó por una soga, y así empezó a recorrer las calles y plazas de Asís, para exhortar a todos a la penitencia; con estos sermones, se anima- ron muchos oyentes a mudar de vida.

sábado, 14 de marzo de 2015

SAN FRANCISCO DE ASÍS (Parte 2 de 8)

EL PASO DEFINITIVO 

Una tarde de verano del año 1205, el joven mercader ofreció a sus compañeros un espléndido convite; la cuadrilla salió de él alegre en demasía y se dio a cantar por las calles de la ciudad. Francisco, en cambio, llena su alma de celestiales dulzuras, les dejó tomar la delantera y se detuvo. Permaneció inmóvil largo rato, como subyugado por la gracia que iba a mudar de todo en todo su vida. Pero el velo tendido sobre los futuros destinos del Santo no se corrió todavía. En vano lloraba sus pecados y clamaba al Padre celestial en las iglesias de Asís o en la cueva de Subiaco; fue a Roma a visitar la iglesia de San Pedro. Saliendo de ella tuvo una inspiración: llamó a un mendigo de los muchos que se agolpaban en el pórtico del templo, y le dio sus ricos vestidos; él se vistió de los andrajos del pobre, y se juntó con aquellos desgraciados, en cuya compañía permaneció hasta el anochecer.
Fundador de la Orden Franciscana.

No cabía en sí de gozo. La pobreza será su amor; en adelante Francisco será el Poverello, el pobrecillo. Vuelto a Asís, repartió a los pobres el dinero que gastaba en fiestas y banquetes. Sus únicos amigos serán ya los hijos de la pobreza. Cierto día, a la vuelta de un paseo a caballo por el campo, encontró a un leproso que le causó asco y horror. Su primer pensamiento fue dar media vuelta y huir a galope de aquel lugar. Pero oyó una voz en el fondo de su alma; al punto se apeó del caballo, fue al leproso, y al darle limosna besó con devoción y ternura aquello que ya no parecía mano por las repugnantes úlceras que la cubrían. Al poco tiempo le dio el Señor otra señal de su voluntad. Se hallaba el convertido arrodillado ante un hermoso Cristo, en una capilla medio arruinada dedicada a San Damián, poco distante de la ciudad. Mientras pedía a Dios que le descubriese su divina voluntad, oyó una voz que salía del Crucifijo y le decía:- “Ve, Francisco; repara mi casa que se está cayendo.” Inmediatamente, el amigo de los pobres, el servidor de los leprosos quiso ser además reparador de iglesias. Cargó su caballo con buena cantidad de paños, y partió al mercado de Foligno donde lo vendió todo: caballo y mercancías. Ofreció el importe al clérigo que guardaba la iglesia de San Damián. Pero éste no quiso tomarlo por temor al padre del Santo. Resuelto Francisco, arrojó el dinero por una ventana de aquella iglesia. Logró, además, que aquel sacerdote le dejara vivir unos días en su compañía. Se enojó Pedro Bernardone al saber las nuevas aventuras de su hijo y corrió a la iglesia de San Damián para ver si podía hacerlo entrar en razón y llevárselo a su casa. Pero Francisco, por temor a su padre, se escondió en una cueva, y en ella se mantuvo algunos días sin atreverse a abandonarla.

viernes, 13 de marzo de 2015

SAN FRANCISCO DE ASÍS (Parte 1 de 8)

SAN FRANCISCO DE ASÍS

FIESTA: 4 DE OCTUBRE

FUNDADOR DE LA ORDEN FRANCISCANA

 (1182-1226)


El acontecimiento más maravilloso, quizá, de la historia del catolicismo en la Edad Media, es la aparición en el mundo del seráfico Patriarca San Francisco. Nació en Asís, por los años de 1182, y fue hijo de Pedro Bernardone, mercader de tejidos, y de una honrada y devota señora llamada Pica. Creció el niño en medio de gustos y regalos por ser su padre riquísimo.Vestía suntuosamente, tenía dinero para derrochar, y nunca faltaba a las ruidosas fiestas y opíparos convites que solían organizar los hijos de los hacendados y mercaderes de Asís. Lo admirable fue que, a pesar de llevar vida tan dada al mundo, guardó, con el favor de Dios, una conducta siempre digna, sin soltar la rienda a los apetitos sensuales. Andaba por los veinte años cuando algunos sucesos desgraciados lo hicieron entrar dentro de sí, y lo movieron a renunciar a sus travesuras de mozo y aun a los negocios de su hacienda. Asís se levantó en armas contra la nobleza, la cual pidió socorro a los de Perusa. Hubo guerra entre ambas ciudades. Asís fue tomada, y Francisco, con algunos caballeros, llevado a Perusa y en ella encarcelado. A poco de esta adversidad le sobrevino una grave dolencia que le dio ocasión a mayores reflexiones aún.
Italia, país natal del Santo y la ciudad de Asís.
Salió de la enfermedad dispuesto a renunciar a los vanos pasatiempos del siglo. Sintió desde entonces en su espíritu como una aspiración indeterminada hacia nuevos y nunca soñados propósitos y, con una visión que tuvo de muchas armas y palacios, se imaginó que tenía vocación militar, y determinó pasar al reino de Nápoles en busca de hazañas y proezas. La víspera de la salida se encontró con un hombre de noble linaje, pero pobre y desharrapado. Francisco trocó su rico vestido con el del indigente. Aquella noche le pareció dormir en la gloria. La noche siguiente, en Espoleto, oyó una voz que le mandaba volver a su tierra. Volvió a Asís, y otra vez se ocupó en los negocios de su padre y tornó a ser el alma de los frívolos entretenimientos de sus compañeros. Con todo, la dulce voz que le hablaba en Espoleto, llamaba de cuando en cuando a su corazón.

martes, 6 de enero de 2015

Encíclica «Sacra propediem»

S. S. BENEDICTO XV
LA TERCERA ORDEN FRANCISCANA
Encíclica «Sacra propediem»
con ocasión del VII centenario
de la fundación de la Tercera Orden Franciscana
(6 de enero de 1921)

A los patriarcas, primados, arzobispos, obispos y demás ordinarios del lugar en paz y comunión con la Sede Apostólica.
Venerables Hermanos: Salud y bendición apostólica.
1. Motivo de la Encíclica. Oportunísimo nos parece celebrar con grandes fiestas religiosas el séptimo centenario de la fundación de la Tercera Orden de Penitencia. A recomendarla a todo el orbe católico con nuestra autoridad apostólica, nos induce sobre todo la bien conocida utilidad que de ello ha de provenir a todo el pueblo cristiano, y además motivos particulares que personalmente nos atañen. En efecto, cuando en el año 1882, todo el mundo de los buenos ardía en fervoroso entusiasmo hacia el Santo de Asís, con motivo de la celebración del séptimo centenario de su natalicio, recordamos con fruición que también Nos quisimos contarnos entre los alumnos del gran Patriarca, y recibimos el santo hábito de los Terciarios en el célebre templo de “María in Capitolio”, a cargo de los Minoritas. Y ahora que por la divina voluntad ocupamos la cátedra del Príncipe de los Apóstoles, aprovechamos con el mayor placer la ocasión que se nos ofrece -satisfaciendo así al mismo tiempo la devoción que tenemos a san Francisco- para exhortar a cuantos hijos de la Iglesia andan diseminados por todo el mundo, a que abracen con fervor la Tercera Orden del santísimo Varón -instituto que tan maravillosamente responde a las necesidades de la sociedad actual- o a que en él cuidadosamente perseveren.

2. Verdadero espíritu de san Francisco. Ante todo conviene que cada cual fije sus ojos en los verdaderos rasgos del espíritu de san Francisco; pues el hombre de Asís que nos pintan algunos en nuestros días, pergeñado en el estudio de los modernistas, como poco afecto a esta cátedra apostólica, y como dechado de cierta vana y etérea religiosidad, ese tal no puede llamarse Francisco, ni santo.
En verdad, a tan excelsos e inmortales méritos de Francisco en pro de la religión -por los que mereció con razón ser llamado “sostén dado por Dios a la Santa iglesia” en aquellos peligrosísimos tiempos- se añadió a manera de cúmulo esta Tercera Orden, que es la mejor demostración de la grandeza y fuerza de aquel fervoroso ardor que impulsaba a Francisco a propagar por todas partes la gloria de Jesucristo. Y en efecto, al considerar detenidamente los males que por entonces afligían a la Iglesia de Dios, emprendió Francisco con increíble empeño la tarea de reajustarlo todo a la ley cristiana.
Para ello fundó dos familias -una de hermanos, de hermanas otra-, cuyos miembros, ligados por votos solemnes, se comprometían a seguir la humildad de la cruz; y como no pudiese recibir en el claustro a la inmensa multitud que de todas partes a él acudía, ávida de someterse a su disciplina, determinó dar lugar para adquirir la perfección cristiana aun a aquellos que vivían en medio de los negocios de la vida secular. Por tanto, instituyó otra verdadera Orden, llamada de los Terciarios, cuyos miembros no se ligaban ciertamente con votos religiosos como los de las dos primeras, pero si participaban de la misma sencillez y del mismo espíritu de penitencia. Así, pues, Francisco fue el primero que, con el auxilio de Dios, vino a idear y realizar con toda felicidad lo que ningún otro de los fundadores de Ordenes regulares se había atrevido nunca a soñar, a saber, hacer común a todos el tenor de la vida religiosa.
Hazaña de la que escribió Tomás de Celano con frase lapidaria: «¡Magnífico operario aquél! Con sólo que se proclame su forma de vida, su regla y doctrina, contribuye a que la Iglesia de Cristo se renueve en los fieles de uno y otro sexo y triunfe la triple milicia de los que se han de salvar» (1 Cel 37). De este testimonio de un varón coetáneo y de tanta autoridad, por no aducir otros, fácilmente se colige cuán profunda y extensa conmoción produjo Francisco en los pueblos con su instituto, y cuán grande y saludable renovación de costumbres provocó en ellos. Y así como no cabe dudar que Francisco fue el autor de la Tercera Orden, lo mismo que de la Primera y Segunda, así tampoco se puede negar que fue él mismo su sapientísimo legislador. En esto le prestó gran ayuda, según referencias, el cardenal Ugolino, aquel que más tarde ilustró esta sede apostólica con el nombre de Gregorio IX; aquel que, como de íntimo amigo, se sirvió de él mientras vivió, y que más tarde construyó sobre la sepultura del Santo un soberbio y hermosísimo templo. Sin embargo, fue nuestro predecesor el papa Nicolás IV el que confirmó solemnemente y aprobó laRegla de los Terciarios, como nadie lo ignora.
3. Espíritu de la Tercera Orden. Pero no es nuestro propósito, Venerables Hermanos, insistir en lo que venimos diciendo: lo que nos interesa sobre todo es hacer resaltar el ingenio y el espíritu propio de este instituto, del cual -como antaño- se promete la Iglesia grandes utilidades para el pueblo cristiano en estos tiempos tan enemigos de la virtud y de las creencias. Y a la verdad, nuestro predecesor León XIII de feliz memoria, profundo conocedor de los problemas y circunstancias de su época, a fin de mejor acomodar la disciplina de los Terciarios a los diversos estados de cada individuo, en la Constitución Misericors Dei Filius del año 1883 atemperó con suma prudencia las leyes y reglas de la Tercera Orden «a las presentes circunstancias de la sociedad» mediante el cambio de aquellas reglas «de menor importancia que parecen poco acomodadas a las costumbres modernas». «Y no se piense, dice, que con esto se ha mermado nada a la naturaleza de la Orden, la cual es nuestra voluntad que permanezca íntegra y sin mudanza».
Por tanto, cualquier cambio llevado a cabo en esta materia es puramente extrínseco y no afecta ni a su espíritu, ni a su naturaleza, que continúa siendo tal cual su santísimo autor quiso que fuera. Y a la verdad, muchísimo habría de contribuir, a nuestro parecer, a la enmienda de las costumbres tanto privadas como públicas el espíritu de la Tercera Orden, empapado como está en la sabiduría evangélica, si de nuevo se reprodujera y multiplicara, tal como cuando Francisco con obras y palabras predicaba el reino de Dios.

sábado, 27 de diciembre de 2014

SABIDURÍA DE UN POBRE



- Eloi Leclerc - San Francisco de Asis - 

El nombre del franciscano francés Eloi Leclerc quedará unido para siempre a su obra más leída y celebrada: "Sabiduría de un pobre", traducida en todo el mundo, con múltiples ediciones. No se trata de una biografía de San Francisco, sino un acercamiento al sufrimiento interior del Santo en un momento muy concreto de su vida: cuando las enfermedades y la crisis de crecimiento de la Orden por él fundada lo introduce en una noche oscura de despojamiento y purificación. El estilo ágil, sencillo y agradable del libro invita a saborear con calma cada una de sus páginas. Aquí te ofrecemos el prefacio, en el que el autor nos ofrece las claves de lectura.
Eloi Leclerc, Sabiduría de un pobre, Traducción: Ana María Fraga - María José Martí.
Ed. Marova (Col. Maran Atha), Madrid 1992, 164 páginas.
Título original: Sagesse d'un pauvre, Editions Franciscaines, Paris 1963.
La palabra mas terrible que haya sido pronunciada contra nuestro tiempo es quizá ésta: «Hemos perdido la ingenuidad.» Decir eso no es condenar necesariamente el progreso de las ciencias y de las técnicas de que está tan orgulloso nuestro mundo. EI progreso es en sí admirable. Pero es reconocer que este progreso no se ha realizado sin una pérdida considerable en en plano humano. El hombre, enorgullecido de su ciencia y de sus técnicas, ha perdido algo de su simplicidad.

Apresurémonos a decir que no había solamente candor y simplicidad en nuestros padres. El cristianismo había asumido la vieja sabiduría campesina y natural nacida al contacto del hombre con la tierra. Había, sin duda, todavía mucho más de tierra que de cristianismo en muchos de nuestros mayores. Más de pesadez que de gracia. Pero el hombre tenía entonces raíces poderosas.

Los impulsos de la fe, como las fidelidades humanas, se apoyan sobre adhesiones vitales e instintivas particularmente fuertes. Y no estaban de ningún modo sacudidas o enervadas. El hombre participaba del mundo, ingenuamente.

Al perder esta «ingenuidad», el hombre ha perdido también el secreto de la felicidad. Toda su ciencia y todas sus técnicas le dejan inquieto y solo. Solo ante la muerte. Solo ante sus infidelidades y las de los otros, en medio del gran rebaño humano. Solo en los encuentros con sus demonios, que no le han desertado. En algunas horas de lucidez el hombre comprende que nada, absolutamente nada, podrá darle una alegre y profunda confianza en la vida, a menos que recurra a una fuente que sea al mismo tiempo una vuelta al espíritu de infancia. La palabra del Evangelio no ha aparecido jamás tan cargada de verdad humana: «Si no os hacéis como niños no entraréis en el reino de los cielos.»

En este camino que conduce al espíritu de infancia, un hombre tan simple y tan pacificado como San Francisco de Asís tiene algo que decirnos. Algo crucial y decisivo. Este santo de la Edad Media nos está asombrosamente próximo. Parece haber sentido y comprendido nuestro drama de antemano, él que escribía: «Salve, Reina Sabiduría, que Dios te salve con tu hermana la pura simplicidad.» Sentimos demasiado claro que no puede haber sabiduría para nosotros que somos tan ricos en ciencia sin una vuelta a la pura simplicidad. Pero ¿quién mejor que el pobre de Asís puede enseñarnos lo que es la pura simplicidad?

Es la sabiduría de San Francisco lo que se propone evocar este libro: su alma, su actitud profunda ante Dios y ante los hombres. No hemos tratado de escribir una biografía. Sin embargo, nos hemos atenido a la fidelidad. Una fidelidad menos literal, menos interior, más profunda que la del simple relato histórico. Se puede abordar una vida como la de San Francisco desde el exterior intentando penetrar en el alma del santo poco a poco, a partir de los hechos. Este proceso es normal y siempre necesario. Pero cuando se ha hecho esto y se ha llegado así a penetrar algo en su riqueza interior, se puede intentar expresar y hacer sensible esta plenitud. Y puede ser que entonces se deba recurrir a un modo de expresión mas parecido al arte que a la historia propiamente dicha, si no se quiere traicionar la riqueza percibida. Con este cuidado de fidelidad, mas espiritual que literal, hemos procurado hacer sensible al lector la experiencia franciscana bajo su doble aspecto. Por un lado esta experiencia rezuma sol y misericordia. Por otra parte, se hunde en la noche de los grandes desnudamientos. Estos dos aspectos son inseparables. La sabiduría del pobre de Asís, por muy espontánea y radiante que nos parezca, no ha escapado a la ley común: ha sido fruto de la experiencia y de la prueba. Ha madurado lentamente en un recogimiento y despojamiento que no han cesado de profundizarse con el tiempo.

Este despojo llegó a su cumbre en la crisis gravísima que sacudió a la Orden y que sintió él mismo de una manera extremadamente dolorosa. En el relato que se va a leer se ha procurado expresar la actitud profunda de San Francisco a lo largo de esta dura prueba. El descubrimiento de la sabiduría se ha inscrito para él en una experiencia de salvación, de salvamento, a partir de una situación de pobreza: «Salve, Reina Sabiduría, que Dios te salve.» Francisco ha comprendido que la sabiduría misma tiene necesidad de ser salvada. que no puede ser mas que una sabiduría de salvación.

El punto de la crisis que va a ser evocada fue, ya se sabe, el desarrollo rápido de la Orden y la entrada masiva de c1érigos en la comunidad de hermanos. Esta situación nueva presentaba un difícil problema de adaptación. Los hermanos, en numero de seis mil, no podían vivir ya en las mismas condiciones que cuando eran una docena. Por otra parte, nacían necesidades nuevas en el seno de la comunidad, por el hecho de la presencia de numerosos hombres instruidos. Una adaptación del ideal primitivo a 1as nuevas condiciones de existencia se imponía. San Francisco tenía perfecta conciencia de ello. Pero se daba cuenta también que entre los hermanos que reclamaban esta adaptación muchos eran empujados por un espíritu que no era el suyo. Ninguno más consciente que él de la originalidad de su ideal. Se sentía responsable de esta forma de vida que el Señor mismo le había revelado en el Evangelio. Era preciso, sobre todo, no traicionar esta inspiración primera y divina. Además, se debía evitar el tropezar con las legítimas susceptibilidades de sus primeros compañeros; estas almas simples no dejarían de turbarse por innovaciones inconsideradas. La adaptación se presentaba, pues, coma una tarea delicada. Pedía mucho discernimiento, tacto y también lentitud. Estas condiciones no fueron respetadas. Los vicarios generales, a quienes Francisco había confiado el gobierno de la Orden durante su estancia en Oriente, desplegaron una actividad intempestiva. Quemaron etapas. Resultó una crisis muy grave que hubiese podido llegar hasta la ruptura.

Esta crisis fue para Francisco una prueba terrible. Tuvo el sentimiento de fracaso. Dios le esperaba allí. Fue una suprema purificación. Con el alma desgarrada, el pobre de Asís avanzó hacia una desposesión de si completa y definitiva. A través de la turbación y de las lágrimas iba por fin a llegar a la paz y la alegría. Al mismo tiempo salvaba a los suyos, revelándoles que la forma más elevada de la pobreza evangélica es también la más realista: aquella en que el hombre reconoce y acepta la realidad humana y divina en toda su dimensión. Era el camino de salvación para su Orden: ésta, en lugar de aislarse en una especie de protestantismo antes de la letra, iba a encontrar en el seno mismo de la Iglesia su equilibrio interior y su perennidad. 

Tomado de:
http://www.fratefrancesco.org/

jueves, 25 de diciembre de 2014

¡Feliz Navidad!


¡Aleluya Aleluya!
Un día santo nos ha amanecido: venid, gentes, y adorad al Señor, porque hoy ha bajado una gran Luz a la tierra.¡Aleluya Aleluya!


El blog 

Espíritu Franciscano 

les desea una feliz navidad 

a todos sus visitantes




Un Salmo de San Francisco de Asís para el tiempo de Navidad




"Aclamad a Dios, nuestra fuerza (Sal 80, 2), 
Señor Dios vivo y verdadero, con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible, emperador de toda la tierra (Sal 46, 2-3). 
Porque el Santísimo Padre del cielo, nuestro rey desde siempre (Ver Sal 72, 13), 
envió a su amado Hijo desde lo alto y nació de la bienaventurada Virgen Santa María.

Él me invocará: "Tú eres mi Padre"; y yo lo nombraré mi primogénito,
excelso entre los reyes de la tierra (Sal 88, 27-28) .
De día el Señor me hará misericordia,
de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida (Sal 41, 9). 
Este es el día en que actuó el Señor;
sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117, 24).

Porque se nos ha dado un niño santo y amado,
y nació por nosotros (Is 9, 5) fuera de casa,
y fue colocado en un pesebre, porque no había sitio en la posada (Lc 2, 7).

Gloria al Señor Dios en las alturas,
 y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Ver Lc 2, 14). 
Alégrese el cielo y goce la tierra, retumbe el mar y cuanto contiene;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos (Sal 95, 11-12).

Cantad al Señor un cántico nuevo, cantad al Señor toda la tierra (Sal 95, 1).

Porque grande es el Señor, y muy digno de alabanza,
terrible sobre todos los dioses (Sal 95, 4).

Familias de los pueblos, aclamad al Señor, aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor (Sal 95, 7-8).


Tomad vuestros cuerpos y cargad con su santa cruz,
y seguid hasta el fin sus santísimos preceptos (Ver Rm 12, 1; Lc 14, 27; 1Pe 2, 21).

Tomado de:
http://www.fratefrancesco.org/